Discurso de Graduación
Por: Jorge López López, Estudiante de Maestría en Asuntos Políticos y Políticas Públicas
Dice Borges que la gratitud es una de las más elevadas formas de ser y estar.
Estimadas compañeras y compañeros, familias que nos acompañan, autoridades del Colegio de San Luis, muy buenos días. Es un honor y una profunda responsabilidad tomar la palabra en este día. Hoy no solo cerramos un ciclo académico; marcamos el final de un arduo proceso de transformación personal e intelectual.
Les soy sincero, llevo días pensando en las palabras para este día. Dar un discurso, hacer uso de la voz, hablar en el campo de lo publico siempre es una gran responsabilidad porque implica usar nuestras palabras para construir algo mejor, implica agradecer a quienes han hecho posible que estemos aquí… y justo de eso se tratan estas palabras, de buscar agradecer y reconocer.
Hoy no estamos reunidos solamente para celebrar el cierre de una etapa académica. Estamos aquí para reconocer un camino recorrido, para mirar hacia atrás con gratitud, y también para mirar hacia adelante con esperanza. Porque este paso que damos, no significa únicamente terminar algo; significa también aceptar que lo aprendido debe ponerse en movimiento, debe transformarse en una forma de estar en el mundo.
Conozco y reconozco el trabajo y constancia de mis compañeras y compañeros de esta promoción. Celebramos un logro compartido, pero también las historias de esfuerzo que hay detrás de cada uno de nosotros. Algunos recorrieron este camino lejos de casa, dejando atrás a sus familias, sus amistades y la comodidad de lo conocido para perseguir un sueño que parecía más grande que la distancia. Esta ceremonia no solo reconoce nuestra capacidad académica; reconoce nuestra perseverancia, nuestra resiliencia y la decisión de no renunciar cuando el camino se volvió difícil. Me siento profundamente orgulloso de haber compartido este recorrido con una generación que nunca dejó de avanzar, incluso cuando hacerlo implicó dejar atrás una parte de sí para construir el futuro que comenzamos a celebrar.
Llegamos al Colegio hace casi dos años, con la firme convicción de enfrentarnos al reto intelectual de saber que cuanto más aprendemos, más evidente se vuelve la inmensidad de lo que desconocemos. Llegamos hace casi dos años y hoy está casi por terminar este proceso de transformación en nuestras vidas. He de decirlo compañeras, compañeros, estar y estudiar en El Colegio de San Luis, (con todo lo que ello significa, es decir, con una beca, con espacios adecuados, con condiciones que desgraciadamente no todas la personas tienen) es sin duda un privilegio, la realidad es que en México, solo el 1.5% de la población tiene la posibilidad de acceder a estudios de posgrados.
Por ello debemos agradecer y recordar el compromiso que debemos a la sociedad, el cual es precisamente la obligación ética de devolver algo de lo recibido a un país marcado por profundas desigualdades. El privilegio de haber accedido a esta formación nos exige ejercer nuestra profesión con responsabilidad, sensibilidad y vocación de servicio, convencidos de que el conocimiento adquiere su mayor valor cuando se convierte en una herramienta para construir una sociedad más justa, crítica e incluyente.
Si hoy estamos aquí, es porque detrás de cada uno hay una historia llena de personas que nos ayudaron a avanzar. Por eso y en principio quiero agradecer a nuestras familias, quienes han estado presentes en cada paso, quienes han hecho sacrificios silenciosos para que pudiéramos perseguir nuestros sueños. Gracias por creer en nosotros incluso cuando nosotros mismos dudábamos. Gracias por las palabras de ánimo. Este no es un logro individual, es un logro colectivo, construido en conjunto, es también un logro de ustedes.
Quiero detenerme un momento, para agradecer particularmente a mi mamá, todo lo bueno que soy es gracias a ti, a tus consejos, a tus regaños, a tu incesante trabajo por darnos siempre una vida digna. A mi hermana Isa, por enseñarme a leer aun cuando incluso no estaba en la escuela, actividad que se ha vuelto fundamental en mi vida.
Agradezco también a mi esposa, Miriam. No están para saberlo, pero se los comparto en confianza: tuve la inmensa fortuna de que aceptaras ser mi esposa, construir una vida y una familia conmigo justo cuando comenzaba esta maestría. Mientras este posgrado me transformaba como profesionista y como estudiante, tú caminabas a mi lado transformando mi vida de una manera mucho más profunda. Gracias por acompañarme en esta travesía con amor, con un respeto que siempre me permitió crecer y con una paciencia infinita durante las largas horas de trabajo. Gracias por escuchar mis ideas, celebrar mis pequeñas victorias y sostenerme en los momentos de incertidumbre. Tu calidez humana y esa brillantez intelectual que tanto admiro siguen siendo una fuente permanente de inspiración y una de las razones por las que cada día quiero ser una mejor persona. Este logro lleva también tu nombre, es también tuyo.
Quiero también reconocer la importancia de la fraternidad, la amistad de aquellas personas que, sin pertenecer directamente a esta maestría, estuvieron presentes a lo largo de este proceso. Amigos con su apoyo silencioso han hecho más ligero el trayecto. En los momentos de cansancio, de duda o de presión, su compañía, sus palabras de aliento y su disposición para escucharnos recordaron que ningún logro se construye en soledad.
Cada respuesta abre nuevas preguntas. Cada certeza termina siendo provisional. Y al mismo tiempo comprendemos que nada de lo que somos se construye en soledad. Nos debemos también, a quienes nos han exigido rigor intelectual durante nuestra formación. Reconocer esta deuda no nos hace más pequeños. Por el contrario, nos hace más conscientes de nuestra responsabilidad.
Por ello también agradezco al núcleo académico de profesores investigadores, quienes se han tomado el tiempo, la libertad de transmitirnos aquello que con enfuerzo y dedicación han aprendido. Enseñar no es únicamente transmitir conocimientos. Es ayudar a otros a descubrir posibilidades. Dice Hannah Arent que “Educar es amar al mundo para que no se acabe y para que otros hagan algo mejor con él. Educar es amar a los demás para no dejarlos librados a sus propios recursos, a su propia suerte.”
Quizá valga la pena entender al investigador y al educador como aquel que da tiempo a los demás (tiempo para pensar, para leer, para escribir, para jugar, para aprender, para preguntar, para hablar) y se da tiempo a sí mismo para escuchar, para ser paciente, para no someterse a la lógica implacable de la urgencia por cumplir metas, finalidades, programas o por publicar los veinte mil artículos.
Aquí aprovecho para agradecer al Dr. Cuadra, mi director de tesis. A lo largo de este proceso, su guía ha sido ese espacio de calma y de verdadera reflexión intelectual. Sus observaciones, preguntas y consejos han ayudado a desarrollar una forma más crítica y rigurosa de comprender la realidad. Gracias por su paciencia en los momentos de incertidumbre, por su disposición para compartir su conocimiento.
Se acuerdan de la serie de Malcolm, al final de temporada, en donde Lois, la mama dice “que la vida no se trata de demostrar que eres el mas inteligente del mundo” pues justo eso, la vida no se reduce a demostrar cuánto sabemos. La vida está hecha de humanidad, de generosidad, de vínculos, de decisiones éticas, de capacidad para acompañar, para cuidar y para aportar.
Al final, no nos van a recordar solamente por nuestras calificaciones o por nuestros títulos. Nos van a recordar por la manera en que tratamos a las personas. Por la forma en que respondimos ante las dificultades. Por la honestidad con la que trabajamos. Por la disposición que tuvimos para ayudar. Por nuestra capacidad de agradecer, porque la realidad también es que nada sabemos y a todos nos debemos.
La vida es más que ser el más inteligente del mundo, porque la inteligencia sin sensibilidad se vuelve insuficiente. Porque el conocimiento sin compromiso se vuelve estéril. Porque el éxito sin propósito se vuelve vacío. Y porque una verdadera formación no solo debe hacernos más capaces, sino también más conscientes, más justos y más humanos.
Al cerrar este ciclo, quizá no tenemos todas las respuestas. De hecho, sería extraño tenerlas. Pero sí tenemos algo valioso: una formación que nos ha enseñado a pensar, a cuestionar y a construir. Tenemos la experiencia de haber crecido juntos. Tenemos la memoria de este camino compartido. Y tenemos, sobre todo, la posibilidad de seguir adelante con sentido. Sin importar el camino, llevamos con nosotros la responsabilidad de hacer algo valioso con lo que somos.
De nuevo, y como dice Borges, la gratitud es una de las más elevadas formas de ser y estar
Muchas gracias, muchas felicidades, y que el agradecimiento y la fuerza siempre nos acompañen.